Masajes

Mirando hacia arriba ella aprendió.

Las caras aplastadas de varias de las clientas que visitaban a su madre para recibir masajes era su día a día.

Ella las miraba, ahí aplastadas, las caras que apoyadas contra la goma de la camilla encontraban un hueco para respirar mientras sus cuerpos boca abajo sucumbían ante las manos de su madre muertos de placer y, en algunos casos, dolor.

Una vez abrí los ojos y la vi, ella estaba mirándome con los ojitos bien abiertos.

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